martes, 6 de enero de 2009

Diógenes y los "perros"


Hay filósofos que han destacado por la profundidad de sus escritos o por la influencia en sus discípulos. A Diógenes se le recuerda por su “vida perra”.

Diógenes pertenecía a la escuela cínica, y “cínico” se deriva del término griego “Kyon” que significa perro, porque, al igual que “el mejor amigo del hombre” los cínicos amaban la fidelidad y la naturalidad. Los cínicos eran, respecto a la posibilidad del conocer, fenomenistas, relativistas y escépticos y, con respecto a la ética, autosuficientes.

Era la “autarquía” su objetivo más anhelado, porque el hombre feliz era el que podía bastarse a sí mismo y no deberle nada a nadie. En política, tal y como el periodo helenístico al que se las adjunta, sostenían un “cosmopolitismo”, donde el sabio es un ciudadano del mundo, sin preocupación por las vicisitudes microscópicas sobre ningún tipo de patria que no fuese el mundo conocido. Pretendieron rechazar la esclavitud y todas las desigualdades sociales que percibían y más que tendentes al placer, eran seres ascéticos, hechos de raíces de los árboles, fuertes y autosuficientes, despreciadores de cualquier fama, dinero o reconocimiento social.

Fue el primero que utilizó el manto doble, con el fin de tener con él lo necesario y servirse de él para dormir. Proveyóse también de zurrón, en el cual llevaba la comida y para satisfacer sus necesidades se servía de cualquier lugar. Por tanto, estamos ante un campeón de la austeridad, a la que sumaba el desprecio de lo que apreciaban los demás hombres. De él se cuenta que llegaba a la plaza, a pleno día, con un candil encendido en la mano y diciendo “busco a un hombre" es decir, a un hombre honesto sobre la faz de la tierra.

Aunque individualistas, los cínicos formaban un movimiento que se ofrecía, con ánimo alternativo a la sociedad ateniense del siglo IV a. C., en una sociedad inestable, sacudida por muchos conflictos bélicos y revueltas sociales, con un abismo de desigualdad entre pobres y ricos y con una marginación llamativa de los esclavos y los extranjeros respecto de los atenienses.

Aristóteles en su Política nos deja el testimonio de los cínicos como luchadores por la igualdad social. Así, nos dice “los cínicos opinan que es contrario a la naturaleza humana poseer siervos, porque sólo por convención es siervo el siervo y libre el libre; pero por naturaleza no se diferencian en nada uno de otro. Por tanto, la esclavitud es injusta, porque surge y se mantiene por medio de la violencia”.

Pero no se piense que Diógenes es un pacifista entre flores. Se trata de una personalidad, a veces áspera y desagradable, como la misma naturaleza a la que imita. Tal vez, entre los “sabios” del periodo helenístico los cínicos sean los que mejor han comprendido que no debían idealizar a la naturaleza a la que decían seguir. Lo de la imitación del “perro” no es a la letra pero tiene más semejanzas útiles que desemejanzas. Así “preguntado Diógenes qué hacía para que le llamasen cínico, respondió: halago a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a quienes me desagradan”. Tal vez no pueda retratarse de mejor modo una actitud “perruna”, pero también un estilo de vida humano, arrogante y autosuficiente.

Llevó a la práctica el ideal del sabio representado por el cinismo, recogido en numerosas anécdotas: vida solitaria, desnudo y sin más vivienda que un tonel, en renuncia constante de todos los bienes creados por la sociedad humana.

La figura de Diógenes pasó a ser una leyenda de provocación y una imagen del sabio cínico por excelencia.
De aspecto descuidado, burlón y sarcástico. Su forma de vida perruna, su estilo agresivo, su comportamiento siempre en contra, le diferencian sin confusiones.
Comía carne cruda, se masturbaba en público, escribía a favor del incesto y del canibalismo.
Si alguien es el prototipo de transgresor, ese es Diógenes de Sinope.

La virtud era la base de su filosofía. Despreciaba a los hombres de letras por dedicar tiempo a leer los sufrimientos de Odiseo mientas desatendían los suyos propios. Y a los oradores que, a su parecer, estudiaban cómo hacer valer la verdad pero no cómo practicarla.

Su padre era banquero en Sínope, y (cuenta Diógenes Laercio) que un buen día decidió consultar al Oráculo recibiendo como respuesta: "invalidar la moneda en curso", que como todas las respuestas de los Oráculos era enigmática, pues dicha respuesta tenía al menos 3 sentidos: falsificar la moneda, modificar las leyes o transmutar los valores.
Diógenes no quiso elegir e hizo las 3 cosas, el resultado fue la expulsión y su destierro de Sinope.
- "Ellos me condenan a irme y yo les condeno a ellos a quedarse" - fue su irónico comentario.

Forzado por estas circunstancias deambuló por Esparta, Corinto y Atenas, en esta ciudad frecuentó el cinosarges y se hizo discípulo de Antístenes, optó por llevar una vida austera y adoptó la indumentaria cínica, como su maestro.
Pone en práctica de una manera radical las teorías de su maestro Antístenes. Lleva al extremo la libertad de palabra, su dedicación es criticar y denunciar todo aquello que limita al hombre, en particular las instituciones.
Propone una nueva valoración frente a la valoración tradicional y se enfrenta constantemente a las normas sociales.
Se considera ciudadano del mundo. En cualquier parte se encuentra el cínico como en su casa y reconoce esto mismo en los demás, por tanto el mundo es de todos.

La leyenda cuenta que se deshizo de todo lo que no era indispensable, incluso abandonó su escudilla cuando vio que un muchacho bebía agua en el hueco de las manos.

Se cuenta la anécdota de que estando Diógenes un día en las afueras de Corinto, se le acercó Alejandro Magno y le dijo:
"Yo soy Alejandro Magno"
"y yo soy Diógenes el cínico".
Entonces Alejandro le preguntó qué podía hacer para servirle.
El filosofo le respondió simplemente:
"Puedes apartarte para no quitarme el sol".
Dicen que Alejandro quedó tan impresionado con el dominio de sí mismo del cínico, que se marchó diciendo "si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes!".

Esta anécdota pretende reflejar claramente que el sabio no necesita nada de los poderosos, que estaba por encima de las riquezas materiales y de la ambición del poder.
Esta actitud crea una radical separación con los políticos.
Todo esto es posible pero se necesita un duro entrenamiento.

Diógenes recomienda el entrenamiento para adquirir la areté, ejercitarse tanto física como mentalmente para endurecerse y llegar a la impasibilidad y a la autosuficiencia. La independencia se consigue con el esfuerzo, como el viejo héroe Heracles, que sirve de ejemplo a los cínicos, porque vive conforme a su propia valoración de las cosas y no según normas ni convenciones impuestas desde fuera.

Dirigióse a Atenas, y teniendo talento quiso aprender la filosofía con Antístenes. Antístenes, vistos sus malos antecedentes, no quiso recibirlo en su escuela; Diógenes insistió, el maestro cogió un palo para pegarle; «pegad cuanto gustéis, le dijo Diógenes; mientras tengáis algo que enseñarme, no hallaréis palo bastante fuerte para alejarme». Y así fue, no teniendo el maestro más celoso discípulo.

A los ricos los aguijoneaba constantemente, mostrándolos esclavos de las apariencias. Les criticaba su falta de ingenio y lo artificial que era su cultura. En conclusión, el cínico escupía en la cara de las “buenas costumbres”.

Cuentan que Diógenes cayó preso y fue llevado a venta pública en el mercado de esclavos. Allí, un mercader le preguntó qué sabía hacer, cuáles eran sus habilidades. “Gobernar hombres”, respondió el filósofo. Después ordenó al pregonero: “Pregunta a los presentes si alguno precisa comprarse un amo”. Y viendo –que se llamada Jeníades– exclamó:
“Véndeme a éste, éste necesita un dueño.”
Jeníades lo compró para encomendarle la educación de sus hijos, quedando absolutamente satisfecho.

Una vez fue invitado a una lujosa mansión donde le advirtieron que no debía escupir en el suelo, acto seguido, Diógenes escupió al dueño, diciéndole que no había encontrado otro lugar más sucio.

En otra ocasión le preguntaron por qué las personas daban limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: “Porque todos piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos”.

Además, solía pedir limosna a las estatuas. Y cuando le preguntaban por qué lo hacía, él contestaba: “Me acostumbro a ser rechazado”.

Su muerte, como no podía ser de otra manera, también es motivo de anécdotas. Según algunos murió por su propia voluntad, suicidándose mediante la contención del aliento, dueño de su destino y del momento de su muerte.
Según otros murió de las mordeduras de un perro, esta vez de los de cuatro patas o de una indigestión por comer pulpo crudo.

Y cuentan también otros que aún resuena el eco de las carcajadas del sabio de vez en cuando y que sus amigos levantaron un monumento en su honor, que consistía en una columna coronada por un perro de mármol.

2 comentarios:

kenia_korn@yahoo.com dijo...

goao es increible a lo que ha llegado la sociedad solo por las difernencias fisicas y culturales que existen entre todos los seres humanos.

Dagaz Sambhrânta dijo...

excelente blog!
es posible ser autosuficiente :D solo es cuestión de voluntad